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martes 10 de junio de 2008 INFORMES

Kamasutra

Ninguna obra literaria de la India clásica y, pensándolo bien, ninguna otra de una civilización tan remota ha tenido la suerte, en Oc­cidente, de ser tan célebre como el Kamasutra, el libro de arte erótico compuesto por Mallanaga Vatsyayana en el siglo III d. C.

El término incluso se ha colado en el lenguaje común como sinónimo de una sensualidad que no deja nada a la improvisación, y que re­sulta excesiva y extravagante.

En primer lugar, el Kamasutra no se ocupa sólo de las prácticas eróticas, sino de las relaciones entre hombre y mujer en su to­talidad.
Reconocido como expresión de una exigencia natural, el sexo se consideraba entre las necesidades primarias: "las acciones relacionadas con el Amor tienen la misma naturaleza que la comida, ya que contribuyen al sostenimiento del cuerpo". En una visión de este tipo no sorprende que los abrazos de los amantes sean considerados el placer supremo en esta tierra, y que, por el contrario, el amor insatisfecho evoque abismos de sufrimiento.
El Kamasutra es un tratado con intenciones científicas y educativas, creado para enseñar a los hombres y a las mujeres el comportamiento que deben tener ante el deseo, y cuyas indicaciones seguirán para conseguir una feliz vida amorosa. La función de la sensualidad está definida en el conjunto de relaciones entre los sexos, examinadas, con gran despliegue de particulares, en todos sus aspectos.

Vatsyayana no calla ni siquiera las cosas que desaprueba. Al multiplicarse las situaciones, se estudian los estados de ánimo y las reacciones de los amantes con un profundo alarde de psicología; se advierten las implicaciones sociales y las consecuencias de las decisiones tomadas, y ni siquiera se olvida que a lugares distintos pueden corresponder costumbres y aspiraciones distintas. Con su estilo expositivo, el Kamasutra quiere colocarse en el ámbito de los textos "oficiales" de su tiempo, expresión de una honorable y ponderada doctrina: la forma de exhortación realizada mediante una serie de aforismos (sutra, aforismo en prosa) es una de las privilegiadas entre la tratadística sánscrita más antigua. La base de la composición de una obra de este estilo se encuentra no sólo en una visión benévola de la sensualidad, sino también en un detenido y sólido ánalisis del puesto que ésta debe ocupar en la vida humana.

Desde las primeras palabras, Vatsyayana alude a la doctrina clásica y fundamental que regula la ética brahmánica y más tarde la hindú: mientras se encuentre en esta tierra el hombre está obligado a cultivar un determinado grupo de valores, definidos "fines de la vida" (purusartha), o la "tríada" (trivarga) por antonomasia, que contribuyen, más aún son indispensables, al bienestar de uno y de todo el mundo. Éstos son el dharma, el artha y el kama. Para estos términos, y en particular para el primero, que se entiende en toda su amplitud sólo haciendo referencia a una representación total de lo que existe, las lenguas occidentales no tienen una correspondencia exacta, y por esto, aunque en la traducción del Kamasutra los hayamos traducido, respectivamente, con la Ley Sagrada, lo Útil y el Amor, conviene tener presente que los significados sobreentendidos son específicamente indios. Con dharma se indica el orden cósmico; en el ámbito de los fines de la vida, la adecuación de los hombres a este orden, o sea la observancia de las normas rituales y de las leyes, comprende el respeto de los derechos y deberes de la clase social en la que se nace. Se trata, en resumen, del uniformarse activo con todo lo que consideran justo tanto los libros legales como la épica. El artha expresa, por el contrario, el fin concreto por el que nos movemos y, en particular, los intereses materiales y la riqueza. Más que a ningún otro, la tutela del artha es deber del soberano, cuyo bienestar coincide con el del reino y el de los súbditos en otras palabras, el artha es su dharma personal. Con kama se designa fundamentalmente el deseo, ; lo que más apetece y produce la satisfacción suprema es, naturalmente, el placer erótico, de aquí que el vocablo se convierta casi en un sinónimo de éste; y de esta manera la sensualidad ocupa el primer puesto en la visión india del amor.

Hasta ahora siempre se habla de los hombres, y ¿qué lugar ocupan las mujeres? En la sociedad brahmánica, su vida transcurre por caminos muy angostos. Relegadas a una posición de constante inferioridad, generalmente consideradas seres peligrosos a impuros, la ortodoxia las excluye del aprendizaje de la ciencia sagrada y de participar en el rito védico, asimilándolas a los estratos más bajos, serviles, de la colectividad. Ellas no son más que la prolongación de un hombre, del que dependen siempre y al que siguen en su destino incluso en el más allá: padre de doncellas, luego un indispensable esposo. Este último tiene que ser honrado como un dios; en particular, a él se deben la procreación y el cuidado de los hijos machos, y sólo éstos son importantes para él, ya que un día cumplirán los ritos necesarios para mantenerlo en el cielo. Pero, precisamente en esta función, comienza a aparecer para la mujer la posibilidad de rescate. Si sabe adherirse sin retractarse a este ideal de entrega y de fidelidad absoluta, se redime de la infamia y de la iniquidad congénita que se le imputa, transformándose en un ser sublime. El deber de las mujeres, su dharma, al unirlas de forma indisoluble a un hombre, las pone al servicio del Amor. Esto vale para todos los casos; si renuncian a la misión de esposas, pueden tener consistencia social sólo como prostitutas.

Podríamos pensar que, al considerarles seres inferiores, en el ámbito erótico a la mujer se la concibe sólo como un instrumento para el placer masculino. Pero, por una especie de milagro cultural, sucede exactamente lo contrario; dado que el amor es su misión reconocida, en la sensualidad ella adquiere paridad absoluta con el hombre.
Toda la literatura sánscrita no cesa de proponer como modelo a la compañera satisfecha en una intimidad sin egoísmos, y a la que se le consiente, en caso contrario, reivindicar sus derechos. Para Vatsyayana éste es un punto firme. Muchas de las partes del Kamasutra, en particular la sección sobre el amor físico, resultarían absolutamente inconcebibles si en el plano erótico las mujeres no fuesen consideradas a todos los efectos iguales a los hombres.
El amor, por tanto, tiene como base la sensualidad, ocupa un puesto reconocido en la vida del hombre y es la esencia de la mujer, y en la satisfacción de éste ambos pueden reclamar las mismas exigencias. Por esto en la literatura normativa brahmánica, donde como regla el interlocutor es sólo el macho, el Kamasutra se presenta como una clamorosa excepción: es el único tratado que se dirige, abiertamente, también a un público femenino, y en él se invita a las mujeres tanto a las nobles como a las cortesanas a estudiarlo con provecho.

Desde las primeras líneas Vatsyayana no se nos presenta como un autor original, sino más bien como un reelaborador, en términos de actualizar doctrinas que en su época ya eran antiguas.
El autor del Kamasutra emerge como el continuador de una ferviente tradición literaria, en la que no rechaza añadir la óptica en la que se han destacado los grandes autores de la antigua India, que no quieren cortar las raíces de sus venerables doctrinas y siempre reclaman la autoridad de todo lo que noblemente los precede.

Extraído de “Introducción al Kamasutra” por Aurelia Nicasio
www.librodot.com
 

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